La
amabilidad personificada en mujer se acercó a nosotros llave en mano cuando
admirábamos y fotografiábamos la iglesia parroquial de Villasayas, poco antes
de las diez de la mañana. Era nuestra primera parada de un precioso día que
realmente prometía.
Nos
comentó que estábamos en una iglesia originalmente románica, de nave única de
estilo barroco -construida o reconstruida en el s. XVIII-, con potentes
contrafuertes exteriores y una preciosa galería porticada -junto con la puerta
de acceso a la nave, únicos restos románicos- abierta en el muro sur, con un
número impar de arcos, simétricos respecto del central, y ocho pares de
columnas que soportan la arquería. Esta galería ha estado tapiada y su interior
dividido en varias dependencias, hasta que fue restaurada en 1996-97; los
capiteles se ven por ello fuertemente dañados.
La
buena mujer -maleducados nosotros: no le preguntamos su nombre- nos invitó al
interior y nos mostró un par de capiteles; el del lado de la epístola muestra
motivos geométricos que evocan parejas de báculos con semilunas entre ellos; su
ábado es de ajedrezado jaqués.
Con la misma amabilidad con que fuimos recibidos se
nos despidió, no sin antes informarnos exhaustivamente acerca de qué ver por
los alrededores (hasta Ucero), revisar nuestro plan y recomendarnos dónde
comer. ¡Realmente ejemplar!; existen personas así, pocas; cuando uno las
encuentra (nos ha ocurrido también en Navarra) es una auténtica delicia. No sé
si alguna vez leerá estas líneas, en cualquier caso, nuestro mejor
agradecimiento para ella.