Con
El Burgo finalizo este re(paso) un poco apresurado por Soria. Hemos dejado
seguramente cosas importantes por ver (a veces, por lo que luego he constatado,
justo al lado de las que hemos visitado); a esto es fácil ponerle nombre: mala
planificación; a ver si nos sirve de aprendizaje.
Íbamos
a El Burgo con dos objetivos básicos: comer y ver la catedral. Comimos
francamente bien: las codornices escabechadas estaban para mancharse y chuparse
los dedos; la catedral...
Acudimos
a la ventanilla preguntando si se podían hacer fotos; la respuesta fue
contundente: con un estupendo tono de regañina que no oía desde el bachiller;
como si se tratase de una grabación harto repetida, el hombre salmodió: “El
cabildo prohíbe terminantemente realizar fotografías, con trípode flash...,
salvo autorización expresa...”. No escuché más, me despedí cortésmente y,
¡puerta! ¡Terminantemente!, nada de tonterías.
Todas
las facilidades de la concatedral la tarde anterior desaparecieron como por
ensalmo; toda la amabilidad de la mujer de Villasayas, arrojada por la borda.
Uno
siente vergüenza ajena ante estos comportamientos para mi inexplicables. ¿Teme
el cabildo que “robemos el espíritu” de las piedras al fotografiarlas?, ¿teme
que se venga abajo el negocio de venta en el chiringuito de quién sabe qué
recuerdos?, ¿por qué prohibe el cabildo?, ¿de quién es la catedral?, ¿quién paga el mantenimiento y la restauración? Entiendo el flash -que NO USO nunca en tales ámbitos-; no entiendo lo del
trípode (puedo disparar a 12.800 ISO, aunque obtenga grano del tamaño de una
pelota de tenis o de una sandía).
Pienso
que es prohibir por deporte, por costumbre, por llevar la contraria, por degeneración, por molestar, por imponer; en el fondo no deja de
ser la postura histórica de la Iglesia C.A.R., retrógrada, troglodita,
trasnochada, enfadada con todo el mundo, que intenta mantenerse a flote,
¿cómo?: ¡prohibiendo!
Preciosos
los alrededores de la catedral.